jueves, 23 de julio de 2009

La ConspiraZión: Cómo empezó todo

Por el Duque de la Victoria
(Extracto de un artículo publicado en 1931).

Ya en tiempo del reinado de Augusto, la autoridad de los jefes judíos con arreglo a los diez mandamientos dados a Moisés, se extendía sobre el pueblo, por medio de los sacerdotes. Por esta época, existían dos sectas rivales, los Fariseos y los Saduceos; así formaron distintos bandos políticos (Haburah), que, bajo su aspecto religioso, ocultaban instintos rapaces.

Estos partidos no tardaron en aprovecharse de las desgracias que aquejaban a su patria. Pocos años después, durante el sitio de Jerusalén por Vespaciano, se unieron a él, traicionando la causa judía. En premio, el rabbí Jean Ben Zakkai fue nombrado jefe de los Haburah, confiándole más tarde el Gobierno imperial la administración de Palestina.

Así, después de la toma de Jerusalén y de la destrucción del Templo [Año 70], el pueblo se encontró, tanto bajo el mando civil como religioso, enteramente supeditado a las mal llamadas Sociedades de Sabios, únicas depositarias éstas, en aquel momento, de los secretos del sacerdocio y de las copias de los textos sagrados.

El nuevo gobernador, modificando los textos a fuerza de interpretaciones, adiciones de reglas y ritos, y por medio de un sistema de espionaje y asesinato, estableció sobre la vida cotidiana de sus correligionarios una intervención de las más rigurosas.

Hiciéronse de este modo los amos del pueblo judío, con influencia superior a la de las autoridades romanas, no tardando esta camarilla en imponer sus propias leyes por encima de los diez mandamientos y en crear una forma de Gobierno que llegó a ejercer un mando absoluto sobre todos sus individuos. Este Gobierno tomó, en lo sucesivo, el nombre de Kahal, que literalmente quiere decir Comunidad o República.

Parecía natural que el Kahal desapareciera después de la dispersión de los judíos; más no ocurrió así, sino que, por el contrario, se afirmó más y más sobre nuevas bases que son las que hoy en día se conservan. En todas partes en donde emigran o se reúnen muchos judíos, se crea inmediatamente una Comunidad separada bajo la dirección de las Hermandades y según los preceptos del Talmud («Estudio de la Ley», nombre dado a la reunión de obras rabínicas).

Toda Comunidad judía tiene su representante, su rabino y su Sinagoga, es decir, forma un Kahal en miniatura; este conjunto permanece en relación estrecha con el centro del cual depende. Para poder afirmar su poder y comprobar todo lo que interesa al bienestar general de los judíos, los Gobiernos venían desarrollando y perfeccionando los sistemas de espionaje que en la actualidad aún practican.

Fácil es comprender cómo los judíos, siempre que se encuentran en número suficiente, procuran concentrar el comercio entre sus manos. Si, por una parte, el judío, individualmente, es esclavo del Kahal, su sumisión queda recompensada por la ayuda que recibe en la lucha contra sus competidores no judíos. Puede contar con el socorro inmediato de su Hermandad, y si fuera necesario, de toda su Organización; de este modo, es seguro su triunfo sobre cualquier gentil aislado.

La educación que reciben en las escuelas, incita a los infieles a la explotación del prójimo (gentiles), teniendo siempre cuidado de no exagerar su hostilidad en forma que puedan comprometer a la Comunidad. Esta doctrina, popular desde sus orígenes, fue a su tiempo incorporada, bajo forma más concreta, en uno de sus libros del Talmud, el Schulchan-Arukh. Basta copiar algunas de sus reglas para formarse de él una idea:

«Cuando un judío tiene en sus manos a un gentil, puede otro judío presta dinero a ese mismo gentil y, a su vez, engañarle; de este modo el gentil se arruinará, puesto que (con arreglo a nuestra Ley) la propiedad de un gentil no pertenece a nadie, y el primer judío que llegue tiene derecho pleno a apoderarse de ella» (Loc. cit. Ley 24).

«Cuando um judío trata un negocio con un gentil, y otro judío se mezcla y engaña al gentil de una manera cualquiera, bien en el peso, o en el precio, los dos judíos deben repartirse las ganancias que Jehová les envía» (Schulchan-Arukh, Ley 27).

«Es natural que los judíos no estén obligados a matar a un gentil con el cual viven en paz, pero nunca les será permitido el salvarle» (Ibíd., Ley 50).

«Siempre es un acto meritorio el apoderarse de los bienes de un gentil» (Ibíd., Ley 25).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada